Nosotros los cansados de la vida,
los pálidos, los tristes,
los que vamos sin rumbo en el mar hondo
de la duda, entre escollos y sirtes;
Nosotros los ceñudos
náufragos, soñadores de imposibles;
los que damos en cláusulas candentes
el corazón, aunque sangriento, virgen
Nosotros los cobaredes
de esta contienda mundanal y horrible,
por que sentimos el dolor ajeno,
porque gemimos, ay! por los que gimen;
Nosotros los que vamos
sin saber nuestro fin ni nuestro origen,
con los ojos clavados en la eterna
sombra, en busca de un astro que nos guíe;
Ya que no nos es dable
ver la virtud prepoderante y libre;
pero sí el llanto y la miseria abajo,
y en la eminencia el deshonor y el crimen.
Ya que el siglo expirante
rueda a la noche lóbrega y sin límites
de la insondable eternidad cual monstruo
mudo y brutal como el esfinge;
Llevando en su carrera
la fe del corazón y las terribles
garras ensangrentadas,
como las garras con que apresa el buitre;
Ya que el talento es sobra
y luz el oro, como cual consiguen
los perversos las honras, las conciencias
y hasta el azul donde el Señor sonríe;
Ya que la humanidad,
doliente, enferma, aunque solloce y vibre
como el mar en su lecho tenebroso,
del cielo ni una lágrima recibe;
Ya que la fuerza bruta
no pone ciega a sus desmanes dique,
y con fiereza y saña
echa el dogal y la garganta oprime,
Dejemos de endechas
empalagosas, vanas y sutiles:
no más flores, ni pájaros, ni estrellas...
es necesario que la estrofa grite.
Nuestra misión es santa:
no malgastemos en estrofas tímidas
la sacra inspiración que en nuestras frentes
arde con lampos de gloriosos fines.
Bajemos al abismo
del humano dolor: allí residen
áspides que se enroscan y gastean,
trasgos que se retuercen y maldicen.
Bajemos a ese infierno
poblado de sollozos donde viven
en espantoso maridaje, el hondo
grito blasfemo y la plegaria triste,
Y enjuagemos el llanto
de los eternos infelices
que ante el dolor sacuden los cabellos
como el corcel indómito las crines.
Quejémonos, hagamos
de los versos ariete irresistible
para romper el mal. Y altivos demos
aliento a la virtud, látigo al crimen.
Hagamos inplacables y orgullosos,
si queremos ser grandes y ser libres,
un ramal de las cuerdas de la lira
para azotar con él a los serviles.
Que a nuestra voz desciendan
de lo alto, los míseros reptiles:
todos, todos los déspotas del mundo,
todos, todos los Judas y Caínes.
Y no temamos nada,
aunque nos encarnezcan y castiguen.
Odio al cuervo , al murciélago y al buho;
Loor al lirio, a la paloma, al cisne.
Hondo desprecio y pena
para los jueces que la ley infringen;
para el caldaso, horripilante pulpo
que hace de sangre y llanto sus festines.
Oremos ante el ara
de la suprema redención; y el liquen
de la maldad, prendido a las nacientes almas
despedacemos con furor de tigres.
Que nuestros rudos cantos
vengadores, valientes y terribles,
rompan todas las máscaras hipócritas
y castiguen el rostro de los viles.
Así cuendo los hielos de la muerte
nuestras bocas y párpados enfíen,
oiresmos el aplauso de los buenos
al rodar en la gran noche sublime.
JULIO FLÓREZ